viernes, 28 de octubre de 2011
Madrid (España)
Sin pretensiones y con humildad, nuestro objetivo es compartir una visión personal de los rincones del mundo a los que lleguemos. Sin prisas, sin plazos. Seguiremos caminando en la búsqueda constante de ese no sé qué…
Donde todo permanece y nada queda
“Perdone, ¿cuál es la cola de los extranjeros?”, me limito a preguntar a una de las chicas del personal del aeropuerto, y es que a pesar de que parece que está bien señalizado en los carteles que lo indican, me confunde encontrarme en la misma cola con personas con acento argentino.“Cualquiera", contesta la chica amablemente. “Ya, pero es que estamos todos mezclados, extranjeros y nacionales”, insisto. “Sí, es que os he mezclado yo”. En lo que dura esta conversación, que no sobrepasa el minuto, pierdo de vista a Antonio, un señor de origen portugués que lleva la mayor parte de su vida residiendo en Argentina y que ahora regresa de vacaciones de su pueblo natal en el Algarve, en el que ha estado 3 meses con su familia. Resulta que el que ha sido uno de mis compañeros de viaje durante algo más de 12 horas y con el que he ido hablando sobre la informalidad que caracteriza a su país de acogida, al buscarlo con la mirada lo encuentro en otra cola distinta de la que veníamos. Se ha acoplado a un grupo de discapacitados que no conoce de nada, para poder pasar más rápido la aduana. Bienvenida a Argentina, me digo para mis adentros. Tres años después de mi primer viaje a estas tierras, bastan 5 minutos para darme cuenta de que algunas cosas nunca cambian.
Buenos Aires es Buenos Aires. Única e irrepetible, como cualquier otra ciudad del mundo por otro lado, pero con un componente de amor-odio hacia ella muy marcado en quienes son de allí. Quizá, los foráneos nunca podamos llegar a entender del todo este sentimiento contradictorio de lo que significa pasar de querer permanecer en ella para siempre, a tener la necesidad de escapar para no volverla a ver jamás, en apenas unas décimas de segundo. Y es que, por tópico que suene, esta ciudad tiene alma de tango: melancólica por vocación y por herencia. Pocas ciudades del mundo deben contar con un sentimiento de melancolía tan grande como Buenos Aires. La nostalgia, la tristeza, la frustración, la dramatización, el descontento y el rencor, sentimientos que componen esa melancolía, paradójicamente son positivos en ella debido a que al tratar de vehicularlos, se produce un estallido de creatividad incesante en una ciudad en la que “el rebusque” es un arte.
“Chist, chist. Sí vos, la mina que se va comiendo la manzana con caramelo. Vení acá, que comienza el espectáculo”. La chica al percatarse de que se trata de ella busca la sonrisa cómplice de la amiga con la que pasea entre los puestos de artesanía de Plaza Francia, ante las miradas que la siguen y las risas provocadas por el comentario de la voz y el alma que da vida al títere del teatrillo que se dispone a amenizar a la gorra -a voluntad- a quienes ya se encuentran sentados en el césped para disfrutar de la función, muchos niños entre ellos.
Unos metros más adelante, en otro trozo de césped, también hay sentadas tres niñas a las que su estómago no les permite pensar en reír, sino en comer. El camarero les acaba de servir el sobrante del menú del día del restaurante para el que trabaja, que ellas se afanan en terminar. Hoy han tenido suerte, comen de caliente. Mientras tanto, un señor toma el sol sentado en un banco, que tímidamente despliega los primeros rayos de la primavera y dos chicas se pasan el mate al lado de una banda callejera que toca reggae. Ni cincuenta metros hemos tenido que caminar para encontrar este mosaico de realidades, en el que la cara y la cruz se rozan en un abrir y cerrar de ojos.
“Mi amor, cuando se enferman tus ojos, ¿vas al oftalmólogo o a una joyería?” Inevitablemente la frase, escrita en un mantel de papel sobre el que vamos a comer en un restaurante, nos despierta una sonrisa. La costumbre de lisonjear a las damas constituye en esta ciudad una arraigada práctica desde la época colonial y se extiende hasta los salones de baile de la Revolución de Mayo, una costumbre que no desaparecerá con el tiempo, basta leer los versos de Martín Fierro o a escritores de la talla de Jorge Luis Borges o Julio Cortázar, en los cuales el piropo siempre estuvo presente en sus obras cumbres, para darse cuenta de ello. El término “mina" con el que se denomina a la mujer, lo comenzarán a utilizar los proxenetas de los arrabales bonaerenses, debido a que para ellos la mujer era precisamente eso: una mina que con su cuerpo les reportaba riqueza.
Y no ya tanto la riqueza, sino una vida digna era lo que buscaban los inmigrantes que llegaron a ese Buenos Aires de la periferia, sobre todo en el período comprendido entre 1857 y 1932. Unos seis millones cuatrocientos mil se calculan en total de origen europeo, especialmente españoles e italianos. Un proceso migratorio que dejó una impronta que aún sigue viva entre los porteños (el argentino de capital) y que se deja ver en sus costumbres más cotidianas, en su idiosincrasia, en la arquitectura de sus edificios y en muchos otros aspectos más, como por ejemplo la gastronomía, el amor por la cultura, el arte y el buen gusto.
El altavoz de la estación de Retiro nos devuelve de la realidad de finales del siglo XIX, a la de principios del XXI al anunciar que el tren a zona norte lleva una hora de retraso. Los rostros de la gente que lo espera, casi ni se inmutan al escuchar la noticia. Son rostros cansados, apagados, con el gesto que delata un largo día, que antes de poner su punto final, encuentran un impedimento más para poder conseguirlo. Están frente a un día más, lleno de actos rutinarios en el que el retraso del tren de vuelta a casa forma parte de esa rutina.
Cuando el tren parta dejará atrás la Villa 31 que se extiende a lo largo de varios metros antes de que el tren abandone Buenos Aires, Capital Federal. No será hasta el día siguiente cuando esos rostros cansados, tomen de nuevo este tren en dirección contraria. Y vuelta a empezar.
“Perdone, ¿cuál es la cola de los extranjeros?”, me limito a preguntar a una de las chicas del personal del aeropuerto, y es que a pesar de que parece que está bien señalizado en los carteles que lo indican, me confunde encontrarme en la misma cola con personas con acento argentino.“Cualquiera", contesta la chica amablemente. “Ya, pero es que estamos todos mezclados, extranjeros y nacionales”, insisto. “Sí, es que os he mezclado yo”. En lo que dura esta conversación, que no sobrepasa el minuto, pierdo de vista a Antonio, un señor de origen portugués que lleva la mayor parte de su vida residiendo en Argentina y que ahora regresa de vacaciones de su pueblo natal en el Algarve, en el que ha estado 3 meses con su familia. Resulta que el que ha sido uno de mis compañeros de viaje durante algo más de 12 horas y con el que he ido hablando sobre la informalidad que caracteriza a su país de acogida, al buscarlo con la mirada lo encuentro en otra cola distinta de la que veníamos. Se ha acoplado a un grupo de discapacitados que no conoce de nada, para poder pasar más rápido la aduana. Bienvenida a Argentina, me digo para mis adentros. Tres años después de mi primer viaje a estas tierras, bastan 5 minutos para darme cuenta de que algunas cosas nunca cambian.
Buenos Aires es Buenos Aires. Única e irrepetible, como cualquier otra ciudad del mundo por otro lado, pero con un componente de amor-odio hacia ella muy marcado en quienes son de allí. Quizá, los foráneos nunca podamos llegar a entender del todo este sentimiento contradictorio de lo que significa pasar de querer permanecer en ella para siempre, a tener la necesidad de escapar para no volverla a ver jamás, en apenas unas décimas de segundo. Y es que, por tópico que suene, esta ciudad tiene alma de tango: melancólica por vocación y por herencia. Pocas ciudades del mundo deben contar con un sentimiento de melancolía tan grande como Buenos Aires. La nostalgia, la tristeza, la frustración, la dramatización, el descontento y el rencor, sentimientos que componen esa melancolía, paradójicamente son positivos en ella debido a que al tratar de vehicularlos, se produce un estallido de creatividad incesante en una ciudad en la que “el rebusque” es un arte.
“Chist, chist. Sí vos, la mina que se va comiendo la manzana con caramelo. Vení acá, que comienza el espectáculo”. La chica al percatarse de que se trata de ella busca la sonrisa cómplice de la amiga con la que pasea entre los puestos de artesanía de Plaza Francia, ante las miradas que la siguen y las risas provocadas por el comentario de la voz y el alma que da vida al títere del teatrillo que se dispone a amenizar a la gorra -a voluntad- a quienes ya se encuentran sentados en el césped para disfrutar de la función, muchos niños entre ellos.
Unos metros más adelante, en otro trozo de césped, también hay sentadas tres niñas a las que su estómago no les permite pensar en reír, sino en comer. El camarero les acaba de servir el sobrante del menú del día del restaurante para el que trabaja, que ellas se afanan en terminar. Hoy han tenido suerte, comen de caliente. Mientras tanto, un señor toma el sol sentado en un banco, que tímidamente despliega los primeros rayos de la primavera y dos chicas se pasan el mate al lado de una banda callejera que toca reggae. Ni cincuenta metros hemos tenido que caminar para encontrar este mosaico de realidades, en el que la cara y la cruz se rozan en un abrir y cerrar de ojos.
“Mi amor, cuando se enferman tus ojos, ¿vas al oftalmólogo o a una joyería?” Inevitablemente la frase, escrita en un mantel de papel sobre el que vamos a comer en un restaurante, nos despierta una sonrisa. La costumbre de lisonjear a las damas constituye en esta ciudad una arraigada práctica desde la época colonial y se extiende hasta los salones de baile de la Revolución de Mayo, una costumbre que no desaparecerá con el tiempo, basta leer los versos de Martín Fierro o a escritores de la talla de Jorge Luis Borges o Julio Cortázar, en los cuales el piropo siempre estuvo presente en sus obras cumbres, para darse cuenta de ello. El término “mina" con el que se denomina a la mujer, lo comenzarán a utilizar los proxenetas de los arrabales bonaerenses, debido a que para ellos la mujer era precisamente eso: una mina que con su cuerpo les reportaba riqueza.
Y no ya tanto la riqueza, sino una vida digna era lo que buscaban los inmigrantes que llegaron a ese Buenos Aires de la periferia, sobre todo en el período comprendido entre 1857 y 1932. Unos seis millones cuatrocientos mil se calculan en total de origen europeo, especialmente españoles e italianos. Un proceso migratorio que dejó una impronta que aún sigue viva entre los porteños (el argentino de capital) y que se deja ver en sus costumbres más cotidianas, en su idiosincrasia, en la arquitectura de sus edificios y en muchos otros aspectos más, como por ejemplo la gastronomía, el amor por la cultura, el arte y el buen gusto.
El altavoz de la estación de Retiro nos devuelve de la realidad de finales del siglo XIX, a la de principios del XXI al anunciar que el tren a zona norte lleva una hora de retraso. Los rostros de la gente que lo espera, casi ni se inmutan al escuchar la noticia. Son rostros cansados, apagados, con el gesto que delata un largo día, que antes de poner su punto final, encuentran un impedimento más para poder conseguirlo. Están frente a un día más, lleno de actos rutinarios en el que el retraso del tren de vuelta a casa forma parte de esa rutina.
Cuando el tren parta dejará atrás la Villa 31 que se extiende a lo largo de varios metros antes de que el tren abandone Buenos Aires, Capital Federal. No será hasta el día siguiente cuando esos rostros cansados, tomen de nuevo este tren en dirección contraria. Y vuelta a empezar.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Siempre nos quedará…
Caminando por la calle la nieve nos sorprendió, y como si de dos niños se tratara, nos pusimos a dar saltos de alegría. Así es París a nuestros ojos, una ciudad que puede convertir en mágico, cualquier hecho de la vida cotidiana. Uno de los supuestos orígenes que se otorga a su nombre, es un claro ejemplo de ello.
Algo que mucha gente desconoce es que un historiador del siglo XVIII-XIX (Jacques-Antoine Dulaure) asoció el nombre de los Parisii a la diosa egipcia Isis, a causa del descubrimiento de una estatua de la diosa encontrada en la Abadía de Saint-Germain-des-Prés. Confirmó el escritor François Maspero que el culto a Isis estaba muy extendido en Francia. Por todas partes existían templos de Isis, pero sería más exacto decir de la "Casa de Isis", porque dichos templos fueron llamados en egipcio Per o Par, palabra que en egipcio antiguo significa exactamente "el recinto que rodea la casa". París sería el resultado de la yuxtaposición de Per/Par-Isis.
Más allá de la anécdota, París se puede vanagloriar de poseer como ciudad un espíritu sensual, suave, elegante y femenino que consigue desplegar ante quien la recorre, un sublime encanto en el que te sientes envuelto fácilmente.
Musa de fotógrafos, cineastas, pintores y escritores de todo tipo, al visitarla es de obligado cumplimiento dejarse sorprender en cada esquina, café, librería o restaurante en el que te sientas a contemplar el devenir de la vida, como los propios parisinos acostumbran a hacer. No existe mejor forma de vivirla, ya que se trata de una ciudad que rebosa arte, cultura y buen gusto por los cuatro costados, sin eximir, ni olvidar, la porción correspondiente de tontería en la que se cae, en algunas ocasiones.
Lejos de los tópicos, que al menos en España y Argentina se nos cuenta de los franceses, y por lo general, la gente que habita París es amable, educada y te hará sentir a gusto en su ciudad. Cosa muy distinta es si se piensa vivir en ella, ya que como toda gran ciudad, te hará impersonal a ojos de quienes la habitan. Uno más que no está en sus vidas y en las que posiblemente, te costará mucho entrar. Hablamos por experiencia ajena de gente conocida que vivió en París y decidió abandonar antes de ser devorado en el intento de hacerse con ella. Aunque como dice el dicho “para gusto los colores” y el que predomina en París es el gris de la neblina que la recubre durante los meses de invierno, que odiaríamos en cualquier otra circunstancia y en cualquier otra ciudad quienes adoramos el sol pero que a París, le sienta tan bien.
Caminando por la calle la nieve nos sorprendió, y como si de dos niños se tratara, nos pusimos a dar saltos de alegría. Así es París a nuestros ojos, una ciudad que puede convertir en mágico, cualquier hecho de la vida cotidiana. Uno de los supuestos orígenes que se otorga a su nombre, es un claro ejemplo de ello.
Algo que mucha gente desconoce es que un historiador del siglo XVIII-XIX (Jacques-Antoine Dulaure) asoció el nombre de los Parisii a la diosa egipcia Isis, a causa del descubrimiento de una estatua de la diosa encontrada en la Abadía de Saint-Germain-des-Prés. Confirmó el escritor François Maspero que el culto a Isis estaba muy extendido en Francia. Por todas partes existían templos de Isis, pero sería más exacto decir de la "Casa de Isis", porque dichos templos fueron llamados en egipcio Per o Par, palabra que en egipcio antiguo significa exactamente "el recinto que rodea la casa". París sería el resultado de la yuxtaposición de Per/Par-Isis.
Más allá de la anécdota, París se puede vanagloriar de poseer como ciudad un espíritu sensual, suave, elegante y femenino que consigue desplegar ante quien la recorre, un sublime encanto en el que te sientes envuelto fácilmente.
Musa de fotógrafos, cineastas, pintores y escritores de todo tipo, al visitarla es de obligado cumplimiento dejarse sorprender en cada esquina, café, librería o restaurante en el que te sientas a contemplar el devenir de la vida, como los propios parisinos acostumbran a hacer. No existe mejor forma de vivirla, ya que se trata de una ciudad que rebosa arte, cultura y buen gusto por los cuatro costados, sin eximir, ni olvidar, la porción correspondiente de tontería en la que se cae, en algunas ocasiones.
Lejos de los tópicos, que al menos en España y Argentina se nos cuenta de los franceses, y por lo general, la gente que habita París es amable, educada y te hará sentir a gusto en su ciudad. Cosa muy distinta es si se piensa vivir en ella, ya que como toda gran ciudad, te hará impersonal a ojos de quienes la habitan. Uno más que no está en sus vidas y en las que posiblemente, te costará mucho entrar. Hablamos por experiencia ajena de gente conocida que vivió en París y decidió abandonar antes de ser devorado en el intento de hacerse con ella. Aunque como dice el dicho “para gusto los colores” y el que predomina en París es el gris de la neblina que la recubre durante los meses de invierno, que odiaríamos en cualquier otra circunstancia y en cualquier otra ciudad quienes adoramos el sol pero que a París, le sienta tan bien.
martes, 21 de septiembre de 2010
El Cairo (Egipto)
A un lado cámaras de fotos, gafas de sol y crema de protección solar; al otro, botellas de agua, separadores de hojas de papiro y escarabajos de la suerte; en medio, un fino muro flanqueado por guías turísticos y protección policial: Welcome, estamos en Egipto.
La maravilla entre el caos
Cuando Keops construyó su tumba hace más de 4.000 años, no alcanzó a imaginar que la inmortalidad que tanto ansiaba, perduraría hasta nuestros días.
La pirámide de Keops es considerada como la primera maravilla del mundo, por ser la única maravilla del mundo antiguo que sigue en pie. Con sus 137 metros de altura (la altura inicial era de 147 metros) y una base de más de 5 hectáreas, no es comparable a ningún otro monumento levantado por manos humanas. Fue necesario para su construcción 2.300.000 bloques de piedra, cuyo peso medio es de 2 toneladas y media por bloque, llegando a pesar algunos de ellos hasta las sesenta toneladas.
Si los datos que se conocen con exactitud otorgan a este monumento la grandeza que merece, los que se desconocen ponen de manifiesto el misterio que lo envuelve. Todavía hoy, a pesar de la tecnología tan avanzada con la que contamos, no se sabe cómo se construyó, ni esta, ni las dos pirámides restantes de la necrópolis de Giza, la de Kefren y Micerinos.
En la época en la que fueron construidas Giza era pleno desierto, para ponerle más difícil su acceso a los saqueadores de tumbas que robaban el oro y los objetos de valor con los que eran enterrados los faraones. En la actualidad quedan perfectamente integradas en El Cairo, que incluso debido a su inmensidad, se pueden ver desde algunos puntos de la ciudad. No desde el centro.
Desde Giza al centro de El Cairo en taxi podemos tardar en llegar desde tres cuartos de hora, hasta una hora y media, todo dependerá del tráfico que haya en ese momento. Ahora bien, desde que se pone un pie en el taxi la “aventura” está garantizada, no apta para quienes no toleren la conducción temeraria.
Con su alrededor de 20 millones de habitantes y sus más de 2 millones de vehículos en circulación cada día, sin señales de tráfico, ni semáforos, el claxon se convierte en la única manera de avisar al resto de vehículos de las maniobras que vas a realizar y a los peatones de que vas a pasar, sin la menor intención de parar.
Si se prefiere se puede ir en metro que está bien acondicionado, limpio y llega a todos los puntos de interés de la ciudad. Si eres mujer y viajas en compañía masculina, es recomendable que os metáis todos en el vagón destinado a los hombres, al revés las mujeres podrían llegar a sentirse violentadas.
Al margen del tráfico, con el que hay que ser muy cautos a la hora de cruzar la calle, El Cairo es una ciudad bastante segura por la que caminar y muy interesante. Distintas culturas y religiones han impreso en ella a lo largo de los siglos una huella imborrable, que le otorga un atractivo especial.
En el siglo IV algunos egipcios decidieron abrazar al Cristianismo, sus herederos son quienes se conocen como los coptos. Existen más de 900 mil en todo El Cairo y la máxima expresión de su arte está concentrada en una zona de la parte antigua que se conoce como el barrio copto.
Pero en la actualidad, los cristianos egipcios viven repartidos por todo El Cairo, y por lo que nos contó George, un joven egipcio cristiano estudiante de español, se sienten un poco extraños viviendo en una ciudad, su ciudad, de apabullante mayoría musulmana. De hecho su padre que tenía varios comercios en El Cairo se ha tenido que ir a trabajar a Nueva York, ante las insistentes advertencias escritas en la persiana de una de sus tiendas, que le “animaban” a que se hiciera musulmán.
La religión siempre aparece a lo largo de la historia como elemento indispensable a la hora de encontrar una excusa perfecta para hacerse con el poder. La historia de Egipto no es una excepción y más teniendo en cuenta la ubicación tan estratégica con la que cuenta este país.
La pirámide de Keops es considerada como la primera maravilla del mundo, por ser la única maravilla del mundo antiguo que sigue en pie. Con sus 137 metros de altura (la altura inicial era de 147 metros) y una base de más de 5 hectáreas, no es comparable a ningún otro monumento levantado por manos humanas. Fue necesario para su construcción 2.300.000 bloques de piedra, cuyo peso medio es de 2 toneladas y media por bloque, llegando a pesar algunos de ellos hasta las sesenta toneladas.
Si los datos que se conocen con exactitud otorgan a este monumento la grandeza que merece, los que se desconocen ponen de manifiesto el misterio que lo envuelve. Todavía hoy, a pesar de la tecnología tan avanzada con la que contamos, no se sabe cómo se construyó, ni esta, ni las dos pirámides restantes de la necrópolis de Giza, la de Kefren y Micerinos.
En la época en la que fueron construidas Giza era pleno desierto, para ponerle más difícil su acceso a los saqueadores de tumbas que robaban el oro y los objetos de valor con los que eran enterrados los faraones. En la actualidad quedan perfectamente integradas en El Cairo, que incluso debido a su inmensidad, se pueden ver desde algunos puntos de la ciudad. No desde el centro.
Desde Giza al centro de El Cairo en taxi podemos tardar en llegar desde tres cuartos de hora, hasta una hora y media, todo dependerá del tráfico que haya en ese momento. Ahora bien, desde que se pone un pie en el taxi la “aventura” está garantizada, no apta para quienes no toleren la conducción temeraria.
Con su alrededor de 20 millones de habitantes y sus más de 2 millones de vehículos en circulación cada día, sin señales de tráfico, ni semáforos, el claxon se convierte en la única manera de avisar al resto de vehículos de las maniobras que vas a realizar y a los peatones de que vas a pasar, sin la menor intención de parar.
Si se prefiere se puede ir en metro que está bien acondicionado, limpio y llega a todos los puntos de interés de la ciudad. Si eres mujer y viajas en compañía masculina, es recomendable que os metáis todos en el vagón destinado a los hombres, al revés las mujeres podrían llegar a sentirse violentadas.
Al margen del tráfico, con el que hay que ser muy cautos a la hora de cruzar la calle, El Cairo es una ciudad bastante segura por la que caminar y muy interesante. Distintas culturas y religiones han impreso en ella a lo largo de los siglos una huella imborrable, que le otorga un atractivo especial.
En el siglo IV algunos egipcios decidieron abrazar al Cristianismo, sus herederos son quienes se conocen como los coptos. Existen más de 900 mil en todo El Cairo y la máxima expresión de su arte está concentrada en una zona de la parte antigua que se conoce como el barrio copto.
Pero en la actualidad, los cristianos egipcios viven repartidos por todo El Cairo, y por lo que nos contó George, un joven egipcio cristiano estudiante de español, se sienten un poco extraños viviendo en una ciudad, su ciudad, de apabullante mayoría musulmana. De hecho su padre que tenía varios comercios en El Cairo se ha tenido que ir a trabajar a Nueva York, ante las insistentes advertencias escritas en la persiana de una de sus tiendas, que le “animaban” a que se hiciera musulmán.
La religión siempre aparece a lo largo de la historia como elemento indispensable a la hora de encontrar una excusa perfecta para hacerse con el poder. La historia de Egipto no es una excepción y más teniendo en cuenta la ubicación tan estratégica con la que cuenta este país.
En 1806 Mehmet Alí, en nombre del sultán del Imperio Otomano, toma el control de Egipto. Como gobernador de este país llevó a cabo numerosas reformas hasta que finalizó su mandato en 1848, por las cuales ha sido considerado como el fundador de El Cairo moderno.
De las obras arquitectónicas más importantes con las que cuenta este periodo es la Mezquita de Alabastro, situada en una pequeña montaña llamada Muzzattam y desde la cual hay unas vistas impresionantes de la ciudad. Como su propio nombre indica, dicha mezquita está recubierta de alabastro tanto en su parte exterior, como en la interior y decorada con mármol y grabados de estuco. Una maravilla digna de ver, como el resto de Egipto, cuya historia está llena de inagotables pequeñas y grandes anécdotas, que dotan a este país del privilegio de ser uno de los países más interesantes del mundo.
De las obras arquitectónicas más importantes con las que cuenta este periodo es la Mezquita de Alabastro, situada en una pequeña montaña llamada Muzzattam y desde la cual hay unas vistas impresionantes de la ciudad. Como su propio nombre indica, dicha mezquita está recubierta de alabastro tanto en su parte exterior, como en la interior y decorada con mármol y grabados de estuco. Una maravilla digna de ver, como el resto de Egipto, cuya historia está llena de inagotables pequeñas y grandes anécdotas, que dotan a este país del privilegio de ser uno de los países más interesantes del mundo.
Copyright 2010 ©.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Luxor, Edfú, Kom Ombo, Abu Simbel y Asúan (Egipto)

La eterna civilización
Egipto en muchos aspectos sigue siendo un misterio sin resolver. Lo que sí tienen claro los historiadores es que los pobladores de este país fueron pioneros, durante más de cuatro mil años, en la historia de la civilización de la humanidad. Posteriores sociedades como la mesopotámica, la griega y la romana, cuyo legado histórico fue de vital importancia para la civilización actual, bebieron de las fuentes del Egipto faraónico.
Fueron los egipcios quienes dieron una primera explicación primitiva de la creación del mundo fijando su mirada en los elementos de la naturaleza que les rodeaba, de tal modo que convirtieron al sol (Ra), fuente de luz que da la vida, en su Dios principal. Sus hijos Shu (el aire) y Tef (la humedad) se unieron para crear a Geb (Dios de la tierra) y Nut (Diosa del cielo).
Resulta mágico adentrarnos en templos como el de Karnak o Luxor, observar sus imponentes esculturas faraónicas, columnas y paredes repletas de jeroglíficos, y pensar en la meticulosidad con la que trabajaban los egipcios, cuyos templos, y todo lo que se conserva dentro de ellos, son de tal exactitud y sublime gusto estético, que siguen fascinándonos.
Pero el milagro del Egipto antiguo no hubiera sido posible sin la orografía con la que cuenta este país. El desierto que lo rodea lo convertía en un lugar de difícil acceso, que consiguió alejarlo de los invasores durante mucho tiempo. Sin embargo, en su interior contaba con un tesoro cuya importancia perdura en la actualidad: El Nilo.
El segundo río más largo del mundo tras el Amazonas y que atraviesa casi todo el país de punta a punta, es fuente de riqueza agrícola de subsistencia para los pequeños poblados que habitan a ambas orillas, y de riqueza turística para el país. Son numerosos los cruceros que lo transitan casi en cualquier época del año.
A varios metros de sus orillas el exuberante paisaje de palmeras y pastos verdes, da paso al árido desierto rocoso, en el que a tramos, es sustituido por dunas de fina arena blanca.
Donde el Nilo acaba su recorrido en el sur, en Asuán, cruzar de la ciudad a la otra orilla supone hacerlo a las numerosas islas habitadas por población nubia. La región de Nubia se extiende entre el sur de Egipto y el norte del Sudán y su población se asienta a lo largo del valle del Nilo. En la antigüedad Nubia fue un reino independiente del egipcio, de hecho, todavía hoy conservan parte de su cultura que les otorga una seña de identidad diferente a la egipcia: hablan dialectos diferentes del árabe, tienen sus propias normas a la hora de contraer matrimonio y hasta sus rasgos son distintos, puesto que son de piel más oscura. Estas distinciones les hace mantener un sentimiento “nacionalista” con respecto al pueblo egipcio. Nos fuimos dando cuenta de esto en la medida que Mohamed nos contaba la historia de su pueblo mientras nos llevaba en faluca (pequeñas embarcaciones veleras muy comunes en esta parte del país) hasta la isla en la que habitaba llamada Sehil’l, poblada íntegramente por nubios. Una vez en tierra firme, Sabrina a sus 10 años de edad resultó ser una guía de lo más despabilada. Se divirtió con nosotros al tiempo que nos mostraba a qué lugar iban los habitantes del poblado a darse un chapuzón para soportar las altas temperaturas y cómo se amasaba el pan en los suelos de las austeras casitas. O eso creímos entender, porque todo el tiempo nos hablaba en un dialecto del que por supuesto no entendíamos nada. Las señas, lenguaje universal en estos casos, nos sacó del apuro.
Sabrina nos hizo compañía porque quiso, sin esperar nada a cambio, pero no suele ser lo habitual en Egipto. En esta parte del mundo existe, y mucho, la explotación infantil laboral. Es muy sencillo, sino se consigue dinero, no se come. No hay nada más que entender. Teniendo en cuenta esto y la tasa de paro tan alta que existe en Egipto, país en el que las prestaciones sociales, el derecho universal a la educación y una sanidad digna gratuita para todos, hoy por hoy es pura utopía, los egipcios más necesitados, que son la mayoría, ven en el turista la única salvación a la que agarrarse como un clavo ardiendo hasta conseguir unas libras al día que les haga seguir manteniéndose en pie. A ellos tan solo se les otorga el beneficio de conseguir las migajas de la cantidad de divisas que este país recoge cada año gracias al turismo.Por tanto está muy bien viajar a Egipto con la mirada dirigida al cielo, ya que solo así podremos disfrutar del arte egipcio antiguo, debido a la majestuosidad por la que se caracteriza, pero sin olvidar de vez en cuando bajar la mirada hacia el suelo, para tomar consciencia del Egipto actual. Un pasado y un presente, que si bien no tienen mucho que ver entre sí, no es por culpa de su gente que no son más que víctimas (como ocurre en muchas partes del mundo), del mal reparto de la riqueza promulgado por quienes los gobiernan. A colación de esto cabría recordar a los futuros visitantes de Egipto que tener menos recursos económicos, no exime de la dignidad que se tiene como persona, así que hagamos un esfuerzo por tratarlos como tal, a pesar de lo agotador que pueda resultar a veces que vayan tras de ti para conseguir algo de dinero. No hacen otra cosa que no haríamos cualquiera que estuviera en su misma situación. Se llama supervivencia, y de la más dura.
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Templo de Abu Simbel excabado en la montaña y costruido por el faraón Ramses II (dinastía XIX del 1290 al 1224 a.c).
Debido a la construcción de la presa de Asuán y el consecuente aumento del río Nilo, fue necesaria su reubicación para que no quedara sepultado bajo las aguas. Un gran equipo internacional fue el encargado de partirlo en grandes bloques, incluida la montaña en la que estaba excavado, y lo situaron en un lugar seguro, no muy lejos del lugar originario.
Debido a la construcción de la presa de Asuán y el consecuente aumento del río Nilo, fue necesaria su reubicación para que no quedara sepultado bajo las aguas. Un gran equipo internacional fue el encargado de partirlo en grandes bloques, incluida la montaña en la que estaba excavado, y lo situaron en un lugar seguro, no muy lejos del lugar originario.
El templo es sus orígenes estaba construido de tal manera que durante los días 21 de octubre y 21 de febrero (el día del nacimiento y del nombramiento como faraón de Ramses II, respectivamente) los rayos solares entraban hasta el santuario situado en el fondo del templo, iluminando los rostros de los Dioses Amón, Ra y Ramses, dejando en penumbra el rostro de Path, cosiderado como el Dios de la oscuridad.
Cuando trasladaron el templo de lugar, fueron en vano los intentos de hacer coincidir la iluminación del santuario los mismo días que habían sido elegidos por Ramses II. Fue imposible llevar a cabo tal exactitud.
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